El esplendor de la verdad
Para conocer tu fe y la Iglesia que Cristo fundó
Cómo somos salvos?

¿CÓMO SOMOS SALVOS?

 

¿Es usted salvo?, ¿Tiene usted la absoluta certeza de que si usted muere hoy irá al cielo? Estas son las preguntas que hacen muchos con la intención de evangelizar. Yo solía ser uno de ellos. Con frecuencia los católicos no saben que responder, y ponen una expresión de inseguridad, cuando algún evangelista se les acerca con este tipo de preguntas. Espero que en esta charla pueda darles ciertas municiones para poder responder.

 

         Imagínese que un evangelista viene a usted con la Biblia en la mano, y le pide que lea I Juan 5:13, donde dice lo siguiente:

 

         “Estas cosas les he escrito a ustedes que creen en el nombre del

         Hijo de Dios, para que sapan que tienen vida eterna, y para que

         crean en el nombre del Hijo de Dios.”

 

         El mencionado evangelista le dice que usted puede tener la seguridad de que tiene vida eterna al creer en Jesús, pues este texto lo enseña claramente.

         ¿Qué es lo que enseña la Iglesia Católica sobre este tema? En principio, la Iglesia no da una total seguridad de que tengamos la vida eterna.

Cuando se usa el término “conocer” en este versículo, la idea que conlleva es de un conocimiento intelectual. Hay dos palabras en griego que se traducen por “conocer”: “ginosko”, que es un conocimiento por experiencia; y “oida” que es un conocimiento intelectual. En el mencionado versículo de I Juan se usa la palabra “oida”, o sea que se está refiriendo a un conocimiento no experimental, sino intelectual. Por ejemplo: imagínese a un estudiante que se acaba de tomar un examen, y está tan contento por lo bien que ha hecho su examen que llega a decir: “Yo sé que he sacado un sobresaliente”. ¿Significa eso que va a sacar un sobresaliente con toda seguridad? Incluso en español podemos usar el verbo “conocer” para designar una gran seguridad, en el sentido de “confianza”.

¿Cómo podemos saber que en I de Juan está dando a entender esa idea? Vayamos a los siguientes versículos, el 14 y el 15, donde dice:

 

 “y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.”

 

         Fíjense que Juan hace un paralelo entre el conocimiento que tenemos de que seremos salvos y el conocimiento o la confianza que tenemos cuando pedimos algo en oración. ¿Significa esto que cuando pedimos algo en oración tenemos la absoluta certeza de que Dios nos lo va a conceder? Claro que no. Podemos orar con gran confianza, sabemos que Dios nos dará lo que es mejor para nosotros, pero no tenemos seguridad absoluta y metafísica de que Dios nos concederá todo lo que le pedimos. Así, pues, podemos tener una gran confianza de que seremos salvos… Siguiendo al Señor, confesando nuestros pecados, obedeciendo las enseñanzas de la iglesia, recibiendo al Señor en el Sacramento Santo de la Eucaristía… podemos tener una gran confianza, pero no podemos saber con absoluta certeza. En I Cor. 4:3-4 san Pablo dice:

 

  “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.”

 

         Aquí Pablo está manifestando que él no tenía absoluta certeza metafísica que iba al cielo.

         Recordemos que el principio material de la Reforma Protestante es Sola Fide (sola fe). Es muy importante que sepamos dar una respuesta adecuada a esta enseñanza. Un versículo que se una normalmente para defender la justificación por la sola fe es Romanos 4:5. Cuando lo miramos por encima, superficialmente, parece que es algo problemático, pues parece que verdaderamente apoya y respalda esa enseñanza. Incluso si vamos un poco antes a Romanos 3:28, allí se dice:

 

  “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”

 

         Entonces, en Rom. 4:5 dice:

  “mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío , su fe le es contada por justicia.”

 

         Fijense que dice “al que no obra”. Da toda la impresión de que habla de justificación ante Dios sin ningún tipo de obras. ¿Cómo podemos dar una respuesta válida a esto?

         PRIMERO: cuando alguien cree en Sola Fe y Sola Escritura se encuentra con un problema que consiste en cómo reconciliar el texto de Romanos que hemos leído con Santiago 2:24, donde dice:

 

  “Ustedes ven, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.”

 

         Si cualquier protestante mira con sinceridad y sin prejuicios textos como este tiene necesariamente que reconocer que su creencia en sola fe no es consistente cuando se mira en el contexto de toda la Biblia. Sería fácil concluir, aunque sería difícil de aceptar para ellos, que tal doctrina de sola fe es una tradición de hombres, pues nunca se creyó en toda la historia de la iglesia, ni se encuentra tan claramente en las Sagradas Escrituras.

         Con frecuencia se oye el argumento de que la justificación de la que habla Pablo, no es la misma justificación de la que habla Santiago. Dicen que las obras de las que habla Santiago, no son obras que justifican, sino que vienen como resultado de la fe, confirmando de este modo nuestra justificación, pero no teniendo que ver nada con nuestra salvación en sí.

 Pero ¿cómo sabemos que eso es así?. ¿No será eso más bien una interpretación humana? O sea ¿una tradición de hombres?.

         Vamos a intentar responder a estas afirmaciones. Vamos al contexto inmediato de Santiago, en los versículos 14 y en adelante, donde dice:

 

  “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?”

 

                ¿Qué nos dice esto? ¿El contexto habla de obras que no tienen nada que ver con la salvación? Más claro no lo puede poner Santiago. Hace una pregunta retórica “¿Acaso podrá salvarle la fe?”. La respuesta es obvia… La respuesta es “No”, la fe sin obras no puede salvar.

         Vamos a mirar ahora el versículo 19:

 

  “¿Tú crees que hay un solo Dios?  Haces bien. También los demonios creen y tiemblan.”

 

         ¿Sabían ustedes que el diablo tiene más fe que todos nosotros? El cree en Dios, él cree en Jesucristo, él sabe que él es real, él le vio resucitado de la muerte. Tiene más fe que todos nosotros. La enseñanza aquí es que la fe no es suficiente. Esto es lo que nos enseña Santiago.

          Mateo 25 habla del juicio final, cuando todas las naciones serán reunidas delante del Juez Jesús. Pondrá a las ovejas a la derecha y las cabras a la izquierda. Jesús dirá a las ovejas:

  “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.”

 

         Después él dirá a los cabritos:

  “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces dirán también estos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.”

 

         El punto de este pasaje es este: ¿cuántos de entre las ovejas y los cabritos tenían fe? Todos. Todos creían en Jesús. Todos dijeron “!Señor!”. La única diferencia entre las ovejas y los cabritos es las obras, lo que unos hicieron y que los otros dejaros de hacer.

         Si vamos al versículo 1 en Mateo 25 vemos que Jesús nos guía hacia el citando pasaje contando dos historietas. La primera es la de las diez vírgenes. Si se fijan ustedes las diez vírgenes son iguales, son vírgenes, lo cual nos habla de pureza. Asímismo, las diez eran creyentes, y estaban esperando la llegada de su señor. ¿Cuál fue la diferencia entre las cinco que se fueron con el señor, y las cinco que que quedaron atrás? Las cinco que se salvaron se prepararon poniendo aceite en sus lámparas (el aceite es un símbolo del Espíritu Santo), las otras cinco no se prepararon, fueron negligentes, no estaban preparadas cuando llegó el señor, a pesar de que eran creyentes.

         La otra historia que cuenta Jesús es la parábola de los talentos. Una persona tiene cinco talentos, otra tiene dos, y una tercera tiene solamente uno. El que tenía cinco negoció con ellos y ganó otros cinco, el que tenía dos ganó otros dos, pero el que tenía uno dijo “sabía que eres hombre severo… escondí mi talento, no negocié con él.”. ¿Y qué es lo que le dijo Jesús? “a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el lloro y el rechinar de dientes.” Según esta historia es bastante obvio que nadie es salvo por la sola fe. Los dos primeros hombres mencionados obraron para producir más talentos, el tercero, sin embargo, no obró, no negoció, no se esforzó.

         El Concilio de Trento en su sección 6 que habla sobre la justificación dice que ésta por la fe formada por la caridad. ¿De dónde viene eso? Viene de la Tradición y de la Escritura. El apóstol Pablo dice en Gálatas 5:1, 4-6:

 

  “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud…. Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley. Os habéis apartado de la gracia. Pues a nosotros nos mueve el Espíritu a aguardar por la fe los bienes esperados por la justicia. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad.”

 

                Según san Pablo, como también el Concilio de Trento, la fe debe actúar por medio de la caridad, o sea del amor. Cuando el amor de Dios se derrama en nuestras vidas por medio del Espíritu Santo, y esto a su vez a través de los sacramentos, nos capacita para amar y poder llegar al cielo. Nosotros no podemos hacer esto en nuestras propia habilidades o fuerza humana, pero sí que podemos cuando somos capacitados por Dios, en Su fuerza. Podemos así cooperar con la gracia de Dios en nuestra vida. Estas ideas no son meramente católicas; estamos hablando de las enseñanzas bíblicas. I Corintios 13:13 habla de las tres virtudes: fe, esperanza y amor… Y dice que la mayor es el amor. Sin amor no podemos agradar a Dios. Por naturaleza el amor se demuestra por las acciones. Así, pues, la fe que salva es inseparable del amor. Muchos creen que la fe que salva es un estar de acuerdo intelectualmente con Dios, meramente creer, sin tener nada que ver con la voluntad. Puede que no lo expliquen de esta forma, pero en la práctica eso es lo que están diciendo, “creo, así, pues, soy salvo”, y después uno se plantea si va a someter su voluntad y obedecer a Dios. Se dicen para sí mismos “no importa si peco, yo soy creyente, yo voy al cielo de todos modos”. Creo que ni aún los católicos, generalmente hablando, son conscientes de la seriedad y del daño que pueden hacer las falsas doctrinas, las herejías. Las falsas doctrinas matan a las almas, pues las llevan a creer mentiras. San Pablo dijo a Timoteo (II Tim. 2:16-17):

 

  “Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada vez más en impiedad, y su palabra irá cundiendo como gangrena. Himeneo y Fileto son de éstos: se han desviado de la verdad al afirmar que la resurrección ya ha sucedido; y pervierten la fe de algunos.”

 

                La enseñanza de doctrinas falsas es un asunto muy serio. Si usted enseña a su hijo de diez años que él es justificado por la sola fe, que no importa lo que haga, pues Dios le ama… Es cierto que Dios le ama, pero ¿qué pasa cuando ese muchacho crece y comienza a rebelarse, a caer en tentaciones diversas, a no vivir en sumisión a Dios? ¿qué le va a decir? ¿Le va decir que aunque no cambie ni se arrepienta ni confiese que él sigue siendo justificado por la fe? ¿que si muere en ese estado Dios le dará la bienvenida al cielo con los brazos abiertos?  Recuerdo a un hombre que me dijo eso, me dijo que sentía como si parte de él estuviese ya en el cielo; sin embargo, este hombre vivía como el diablo. Eso se llama decepción, autodecepción. Al diablo le encanta esa doctrina de la justificación por la sola fe, pues él la inventó. No se enfaden, pero esa doctrina no viene de Dios, es del diablo y ha causado que mucha gente se desvíe de la verdad. Eso no se puede aceptar. El asunto de las herejías es un asunto muy serio; no importa cuál sea la herejía; siempre es un asunto serio, pues desvía de la verdad.

         Volvamos al pasaje de Santiago. Ahora vamos a ver los versículos del 20-22, donde dice:

 

  “¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?”

 

         La única manera de llegar al cielo es siendo perfecto… ¿sabían esto? Yo solía pensar “no importa lo que haga; no puedo ser perfecto; no hay nadie perfecto; no importa, a fin de cuentas voy al cielo de todos modos”. Esto es una grave equivocación. La Escritura lo enseña constantemente, no sólo aquí en la carta de Santiago… tenemos que ser perfeccionados antes de entrar en el cielo. Piensen, por ejemplo, en las palabras del Señor en Mateo 5:48, donde dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Aún cuando leemos esas palabras, nos autojustificamos diciendo “No… eso es un ideal; después de todo nadie es perfecto.” En Apocalipsis 3:1-4 dice:

 

  “Al Ángel de la iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios. Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Tienes no obstante en Sardes unos pocos que no han manchado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blanco; porque lo merecen.

         ¿Les sueno esto a justificación por la sola fe? Las obras son parte vital de nuestra perfección, y de ser considerado digno, según hemos leído.

         Los versículos del 5 al 6 dicen:

 

El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Ángeles. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.”

 

         La implicación aquí es clara y seria… ¿qué pasaría con el que no obrase en consecuencia con este mensaje?  Su nombre sería borrado del libro de la vida. He encontrado personas que me han dicho en cuanto a este pasaje: “Aquí Jesús está habla en hipérbole; no quiere decir que él borraría el nombre de nadie del libro de la vida, es una exageración… una manera de hablar”.

         Apocalipsis 22:19 dice:

 

  “Si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte de el árbol de la Vida y en la Ciudad Santo, que se describen en este libro.”

 

         Doy gracias a Dios por el purgatorio. Claro que nuestra meta no es el purgatorio, sino el cielo… Pero para llegar allí hay que ser perfeccionado. Dios nos ha llamado a ser “santos”, para ir al cielo con él. No tenemos que cometer pecados mortales. Si somos fieles al Señor cada día, confesando nuestros pecados como Dios lo ha establecido, esto es yendo a confesión, recibiendo gracia por medio de los sacramentos, siendo sanados interiormente cada vez que necesitamos sanidad por medio de éstos, no tenemos que cometer pecados mortales. Antes de ser católico yo no creía que verdaderamente era posible vivir una vida santa. Ahora estoy tan contento de ser católico, y comprobar que es posible. Martín Lutero enseñó que esto no era posible llegar a ser perfecto en esta vida. Sin embargo, las Escrituras enseñan que debemos ser perfectos, como ya hemos visto en las enseñanzas de Jesús, del apóstol Pablo, de Apocalipsis. Debemos alcanzar perfección y podemos llegar a ella por medio de los sacramentos que es el medio escogido por Dios para impartirnos gracia que nos capacita para ello.

         Volviendo a Santiago, fijense lo que dice el versículo 26:

 

  “Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.”

 

         Díganme ustedes… Cuando usted muera, y su alma se separe de su cuerpo, ¿es su cuerpo aún un cuerpo? El cuerpo es un cadáver. Y pronto se podría ver que el cuerpo ha dejado de ser cuerpo vivo, pues comenzara a descomponerse. ¿Por qué usa Santiago esta analogía de la fe sin obras comparándola a un cadáver? Para enseñar exactamente eso, que cuando el amor está ausente, cuando no hay obras, la fe está muerta, podemos presumir de tener fe, de ser auténticos creyentes, pero si no hay amor, si no hay obras, moriremos, así como nuestra fe está muerta. Esa fue la podemos categorizar como “la fe del diablo”. Esa fe es muerta y lleva a la muerte… Esa fe no salva a nadie. Un mandamiento esencial de Jesús es que debemos amarnos unos a otros como él nos amó. ¿Cuántos mandamientos nuevos nos dio Jesús? Sólo uno, que nos amemos unos a otros. Esta es la clave cuando tratamos del tema de la justificación. Somos justificados al cumplir este mandato de Jesús. No se trata de cualquier tipo de amor, sino aquel en el que uno está dispuesto a ir a la cruz por los demás. Esto requiere autonegación, ir a la cruz con Jesús, y ésto es algo que debemos practicar diariamente. Cristo nos llama a experimentar esa vida divina, ese amor divino en nosotros. Estamos llamados amarnos con la misma clase de amor con que Jesús amó. En II Pedro 1:4 se dice que somos participantes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. San Pablo dice en Romanos 5:10:

 

  “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, !con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida.”

 

         La vida de Dios está en nosotros, y se manifiesta a través de nosotros por las obras, por el amor… Seremos salvos con él, en él y a través de él.

 

         Recuerden a aquel  joven rico que vino a Jesús y le preguntó “Maestro, ¿qué he de hacer para obtener la vida eterna?”  Esta es la pregunta con la la que estamos tratando, y quien mejor que Jesús para dar la respuesta. Fíjense que Jesús no le dijo, “cree en mí, y ya está; ten fe en mí, y ya puedes relajarte, no tienes por que tener más inseguridad sobre este tema… haz buenas obras porque eso me agrada, pero en cuanto a tú salvación, no te preocupes, sólo cree en mí, y ya está”. No, Jesús no le respondió así, sino que dijo: “si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos”. Ya sabemos que el hombre por naturaleza no puede ser perfecto y guardar los mandamientos de Dios, pero por fe, por medio de Su gracia, cooperando con la misma, estamos más que capacitados para hacer la voluntad de Dios. Fijense que cuando el joven rico dijo que él ya había estado guardando los mandamientos, Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.” Entonces el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús le pidió que se sometiera completamente a él, y que viviera para él; esto es lo que Jesús nos pide, que todo lo que somos, y todo lo que tenemos lo pongamos por completo a su servicio, en sus manos.

         Cómo católicos podemos estar de acuerdo con la Iglesia en todo, y sin embargo, estar espiritualmente perdidos. Podemos estar de acuerdo con el papa en todo, y asimismo con el Magisterio, los concilios de la Iglesia, y estar completamente perdidos y sin salvación. Como diría san Tomás de Aquino, lo que hace a un individuo católico no es el estar de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, sino el someterse completamente a ellas. Una persona no es verdaderamente católica - aunque se lo llama a sí mismo - hasta que somete su intelecto y su voluntad al Señor y a Su Iglesia que le representa, que es Su cuerpo. Tertuliano era un padre de la iglesia, un buen católico, convertido al final del segundo siglo, se sometía a la Iglesia,  defendía el Magisterio de la Iglesia, hasta que el papa Víctor dijo algo que no le gustó, dijo que pecados como adulterio, asesinato, idolatría e inmoralidad sexual podían ser perdonados. Tertuliano dijo “!de ningún modo!”, y dejó la Iglesia, y siguió la herejía conocida como el Montanismo. Este era un hombre brillante; en su obra llamada “Sobre la Modestia” escribió acerca del papa “¿cómo se atreve ese hombre a decir que podemos ser perdonados de tales pecados después del bautismo?  !Que tal declaración permanezca lejos de la santa novia de Cristo!” . Y continuó ridiculizando al santo padre, llamándole Potifix Maximus, y Obispo de Obispos, y lo hace en un tono crítico. Tertuliano murió siendo un Montanista, o sea un hereje. El no sometió su intelecto ni su voluntad a la Iglesia hasta el final.

 

         Volvamos al texto que aparentemente parece tan problemático, Romanos 4:5:

 

  “Al que sin obrar, cree en aquel que justifica al impío, su fe se le reputa como justicia”

 

         Para poder interpretar correctamente este versículo debemos leer los versículos que le preceden, así como los posteriores.

         Recuerden a los judaizantes que decían que no era suficiente creer en Cristo y sus enseñanzas, sino que además había que guardar la ley de Moisés para ser salvo. No se referían a los diez mandamientos per sé, sino a la ley ceremonial mosaica, la ley levítica, había que guardar los preceptos del antiguo pacto para ser verdaderamente cristiano. Por lo cual el que no era circumcidado no podía ser salvo. Por esta razón tomó lugar el primer concilio de la historia de la Iglesia en Jerusalén. Recordemos que Pedro habló y el asunto quedó concluído. El dijo que la salvación era por gracia, no por obras de la ley. Esa última frase en muy importante, pues se repite, “las obras de la ley”, en griego “erga nomou”. Encontramos esta frase frecuentemente en los escritos de Pablo. De ningún modo quería decir que no había que hacer ninguna obra para ser justificado, sino que está hablando de “las obras de la ley”, refiriéndose a la ley ceremonial y levítica que, como dice en Hebreos, fue cumplida en Cristo. Claro que ya no había que cumplir todos aquellos preceptos que Dios mandó por medio de Moisés a la nación de Israel. San Pablo estaba hablando en contra de esa enseñanza herética de los judaizantes, pues estos estaban causando grandes problemas entre los cristianos. Esto no lo sabemos sólo por la historia, sino por el pasaje mismo. Fijense que el contexto es que ya no era necesario que se circuncidasen para ser justificados delante de Dios. De hecho en Romanos 2:28 dice la circumcisión o la incircumcisión no sirve de nada; la circumcisión de Cristo es la que cuenta, la cual es el bautismo, según Colosenses 2:11-13. En énfasis de Pablo es la circumcisión del corazón que tenemos en Cristo, y que recibimos en el bautismo.

         Cuando estudiamos  Romanos 3:28 en este contexto, es fácil entender lo que quería decir Pablo al declarar que el hombre es justificado por la fe, aparte de las obras de la ley. No podemos separar esta declaración de Pablo de su contexto histórico y bíblico. Claro que Pablo tenía en mente a los judaizantes. Claro que cuando habla de “las obras de la ley” está pensando en la ley ceremonial, no en obras en su sentido general, como obras de caridad, etc. Está hablando de unas obras muy específicas. El versículo 29 dice: “¿Acaso Dios lo es únicamente de los judíos y no también de los gentiles?”

¿Se dan cuenta de lo que dice san Pablo? Las obras de las que habla son obras que son características de los judíos, no de los gentiles.

         Usted puede demostrar a cualquier persona anticatólica de que Pablo no está hablando de obras en su sentido general, sino de estas obras en particular de la ley del antiguo pacto. Vamos a Romanos 2:6-8 donde dice:

 

  “el cual (Dios) dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación.

        

                Díganme ustedes si aquí san Pablo está diciendo que las obras en su sentido general no son necesarias para la salvación. Diganme ustedes con conciencia limpia si aquí san Pablo están enseñando que somos justificados por la sola fe. Respondan ustedes mismos.

         Los versículos 9 y 10 continúan diciendo:

 

  Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal; del judío primeramente y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y, también al griego; porque no hay acepción de personas en Dios.”

 

         De ningún modo enseñó san Pablo que podemos ser salvos por fe sin obras. Lo que enseñó es que la iglesia ya no era sólo para judíos, pues estaba abierta a todos. Empezó su epístola en el capítulo 1 mostrando que los gentiles, que nunca habían oído de la ley levítica, podían ser justificados, aún sin guardar los preceptos de tal ley judía. Esto era inconcebible para los judaizantes. Pablo apela a la ley natural para mostrarles algo muy importante, y es que la ley moral de Dios está escrita en sus corazones. Los gentiles podían ser justificados, aunque nunca hubieran oído que hubiese una ley levítica. De hecho la ley levitica sería transitoria, nunca fue la intención de Dios hacerla permanente. Hebreos 7:11 dice exactamente eso, que la ley era sólo una sombra de lo que iba a venir. Cuando Jesús vino, él la cumplió y quedó abolida, estableciendo el nuevo pacto en su sangre y dado autoridad a la Iglesia del Nuevo Testamento. ¿Significa eso que ya nosotros no tenemos que guardar los diez mandamientos y ser salvo? Claro que no. Los diez mandamientos son parte de la ley natural. No necesitaríamos la Biblia para conocer la ley moral. Nos dice Pablo que los gentiles conocían la ley de Dios por naturaleza, y que como ellos no quisieron tenerla en cuenta, Dios les entregó a una mente reprobada, les entregó a la vanidad de su propia manera de pensar y vivir, y llegaron a cometer todo tipo de inmoralidad. En el capítulo 2:1 dice que no hay excusa cuando alguien juzga a otro, pues de este modo uno se condena a sí mismo. Aquí Pablo está hablando a los judíos que pensaban que los gentiles estaban condenados. La gracia de Dios es para todos sin excepción. Sigue diciendo que las riquezas de la benignidad de Dios, su paciencia y longanimidad, guían al arrepentimiento. Entonces dice que Dios pagará a cada uno conforme a sus obras. Aquí habla de los gentiles que no tenían la ley de Moisés. Los versículos 12-16 dicen:

 

“Todos los que sin ley han pecado, sin ley perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; pues no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dondo testimonio su conciencia, y acusándoles o defediéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.”

 

         Así, pues, los gentiles podían y pueden ser salvos por la gracia de Dios que les alcanza. Si nunca han oído la verdad, y si están esforzándose por seguir lo que la ley natural que está escrita en sus corazones les dice, ellos pueden ser salvos. ¿Se trata de que están esforzándose para ganar su salvación aparte de la gracia de Dios?  De ningún modo. Es sólo en gracia y por gracia que podemos todos ser justificados.

         En Romanos 7:4-7 dice:

 

  “Así tiambién vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, as pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra. ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera:No codiciarás.”

 

         Pablo dice que no conocería la codicia si la ley no dijera “no codiciarás”, y éste es uno de los diez mandamientos. ¿Qué pasa aquí? ¿Es una contradicción? Hace un momento decíamos que la ley moral de Dios está escrita en los corazones, aun sin haber leído los diez mandamientos. ¿Cómo podemos resolver esta aparente contradicción? Está claro que Pablo no habla aquí de la ley natural, sino de los diez mandamientos. Sigamos leyendo los siguientes versículos para entender mejor lo que dice:

 

  “Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo.”

 

         ¿De qué está hablando? Pablo era bien judío desde pequeño… ¿Cuánto tiempo vivió Pablo sin la ley? Obviamente él nació y se crió con la ley. Aquí está hablando de la mayoría de edad; antes de llegar a la edad de responsabilidad personal, Pablo vivió sin la responsabilidad de tener que cumplir la ley, sin el conocimiento maduro de la ley. Pero “cuando vino el mandamiento”, o sea cuando fue instruído en la ley por los maestros judíos, Pablo pecó y “murió”, y el mandamiento que era para vida, vino a ser muerte para él, pues “la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido al pecado”. ¿Qué quiere decir todo esto? Pablo está mostrando aquí primero que los gentiles están bajo la ley natural, y después trata con los judíos, él mismo siendo uno, y dice que ellos también están bajo la ley… todos están llamados a obedecer esa ley… ¿De qué ley habla aquí? ¿la ley natural o los diez mandamientos? Es la misma. Ahora Pablo ya no está predicando sólo a los judíos o a los gentiles, sino a todos juntos, y todos están bajo el pecado, todos han roto la ley moral, los unos conociéndola en sus corazones, los otros teniéndola en sus corazones y también como revelación de Dios desde fuera.

Fijense lo que dice a continuación (14-19):

 

  “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.”

 

         ¿De qué está hablando Pablo ahora? San Pablo está describiendo al ser humano separado de la gracia de Dios, tanto si se trata de un gentil o de un judío. El ser humano, viviendo en la carne, separado de la gracia de Dios, no puede entrar en el cielo. Versículos 22-25 dice:

 

  “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. !Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.”

 

         Gracias a Dios por Jesucristo, pues es por medio de él, por su gracia, que podemos ser libres del pecado y de la condenación; tanto si somos gentiles como judíos, la gracia de Dios nos alcanzará en maneras que sólo Dios conoce. Continúa el versículo 25 diciendo:

 

  “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”

 

         Cuando yo era protestante yo creía que aún siendo cristianos estamos sujetos al pecado, pues así interpretaba yo estas palabras de Pablo. Pero claro que eso no es lo que está diciendo Pablo. El está diciendo que incluso él separado de la gracia de Dios, no puede agradar a Dios, hacer su voluntad. Claro que no hay porqué vivir esclavo al pecado; claro que podemos ahora hacer ésto por la gracia de Dios.

         En el capítulo 8 se nos dice que “no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.” El vrs. 5 dice “porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”. Saltemos al vrs. 8, “los que vivien según la carne no pueden agradar a Dios”, y ahora 13-17:

 “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis, porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: !Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos.”

 

          Tenemos una gran herencia en Cristo por ser hijos de Dios. No debemos olvidar, según nos enseña Colosenses 1, que tal herencia se puede perder. La herencia puede ser malgastada. Recuerden al hijo pródigo, quien dijo a si padre que le diese su herencia por adelantado (Lucas 15). En la cultura judía uno no recibía su herencia hasta la muerte de su padre… Basicamente, lo que el hijo menor estaba diciendo a su padre es “padre, estás muerto para mí”. Eso es lo que en cierto sentido decimos a Dios cuando cometemos pecado mortal. Es considerar a Dios como muerto, cuando le decimos “voy a vivir mi vida… yo controlaré mi vida… yo tomo lo que me pertenece… es mi vida… Viviré como si no existieras”. Cuánto tiene que doler a Dios esa actitud de pecado mortal.

 

         Sigamos con el versículo 17:

 

  “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”

 

         Tengamos en cuenta que Pablo está escribiendo a aquellos que estaban siendo perseguidos por los judaizantes, y les dice con otras palabras “es a través del sufrimiento que vais a entrar en el cielo”. Debemos seguir las huellas de Jesús. I Pedro 2:21 dice:

 

  “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado… él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”

 

         Nuestras heridas, asimismo, pueden sanar y beneficiar a otros.

 

         No puedo extenderme más sobre este tema ahora. He grabado cinco cintas acerca de la justificación, siete horas y media, tratando con muchísimos más detalles que lo que hemos visto en esta clase. Esto es sólo un resumen, para que seamos conscientes de que la justificación no es una cuestión de una vez, de un momento, como enseñó Lutero, sino que se trata de un proceso, en un proceso que dura toda una vida. Poco a poco, perseverando en la obediencia, dispuestos a valorar el sufrimiento, vamos conformándonos a la imagen de Cristo, y esto es nuestra meta y salvación.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

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